domingo, 23 de agosto de 2015

Sueño a sangre

Han pasado mil años de sequía en mi memoria, mil noches de soledad baldía en un cuerpo extraño, mil amaneceres de desgana pertinente.
Hoy retomo mi tarea de comunicar a una grada vacía lo que me mueve en pesadumbre, con intención de que alguien, por error o curiosidad perezosa, afile en mis palabras lo que mis ojos ven cuando los cierro.

Son los sueños, expresiones de anhelos incesantes, los que cuestionan y ajustician lo que nos rodea sin temor. Saben que no podemos alcanzarlos, que bebemos de ellos con tanta ansia como repugnancia. Nos maldecimos por desear cosas que no podemos tener, nos las muestran sabiéndolo. Nos conocen mejor que nosotros mismos.
El sueño hace débil hasta al más valiente de los hombres: los deseos se vuelven intocables, Morfeo le deja la vaga sensación de que lo sintió, y entonces el hombre fuerte se deshace en dolor y tristeza por no poder volver al sueño del que despertó.
A veces, esos misteriosos fantasmas no son más que un recuerdo desfigurado, una serie de incongruencias que llevan a lo que de verdad espera una voz acallada por millones de prejuicios. Una persona que echas de menos pero que sabes que te hizo daño, una situación absurda y desbocada que lleva a otra más real. La mente juega con nosotros, nos da irrealidades para luego mostrarnos lo que más ansiamos, nos hace vivir el momento. Sentimos el aliento en los labios, una mirada penetrante, la sensación de estar flotando y muy en la tierra de nuevo. Nos regala una falsa ilusión que prolonga aún cuando despertamos, nos hace pensar en ese momento, revivirlo, desearlo. Y luego, en un momento, desvanece lo que era cierto en un recuerdo fabricado con tintas de colores que no existen, en un escenario inhóspito, en una anciana cubierta de gusanos que finaliza lo que queremos forzar a más.

Son los sueños, verdugos de nuestras pasiones, películas que muestran el dolor de ese día, un momento que nos hizo débiles hacia adentro. Nos atacan cuando les dejamos pasar, nos interrogan en pos de hacer bien su trabajo, uno que nadie les dio pero que asumieron por cuenta propia.
Soñamos pues constantemente, dormidos y despiertos intentando alejarnos de algo que nos duele, intentando vivir lo que en la realidad la osadía no nos permite hacer.
Son los sueños mi perdición y mi condena, mi sangre hiriente que no me deja respirar.

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