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Guiones

Pasa a veces,
en este teatro que es la vida,
que se cambian los papeles
de quien tenía el porvenir
en los brazos de agua cristalina,
y cae por gravedad,
por fluidez natural y esperada,
crea un estropicio,
un desorden megalomagno,
y se libra, por un instante,
del destino, adivino del azar.

Se pierde el guión por un instante,
se evapora el telón,
se hacen escarcha los deseos
y los planes se destrozan
al ritmo de la lluvia
contra el metal de nuestro tejado,
cobre barato cubriéndonos las espaldas;
se destrozan las letras
y ya no hay párrafo que lo remedie,
se ha llevado a los confines del abismo
de esperanza el último resquicio.

Ya en la oscuridad
del camerino destartalado,
de la silla rota
y el tacón desparejado,
repasa el actor sus líneas,
ahora extrañas y desconocidas amantes,
por ahorrarse la sorpresa
de un nuevo revés enrevesado
que le lleve al más estrepitoso de los fracasos,
de vuelta a la pregunta incesante,
al frío de un público indiferente.

Un acto más
y le rompen los esquemas,
personaje inesperado,
entra en escena,
otra floritura de los focos,
un alarde de personalidad exhacerbada,
cubre el traje las heridas
de batallas en escenas anteriores ya perdidas,
seguido de un momento de lucidez, de cordura,
terror fundamentado en lo desconocido,
miedo al ahora.

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Cada uno de vosotros

Los primeros amores sangran
como todos aquellos de verano,
media vida en las afueras
y aquel que personificaba lo vano.
Un avión al paraíso
y las fugacidades de un beso,
nos impulsamos sin quererlo a lo inadecuado,
tras años de pasión, un preso.

El adiós en las distancias
y la rabia de quien pierde el juego,
en esta historia unos cuantos sinsabores
y todo lo prometido que quemaste luego.
La más absurda de las farsas,
impulsivas decisiones y un triste trago,
ilusiones de humo y versos
y la pena que inundó un estrago.

Todos mis amores de tinta,
entierros de papel sin decoro,
cada uno de los hombres de mi vida,
flores de barro,
copas de vino vacías,
amaneceres sin sol
y todas las lunas escondidas,
una por cada uno de vosotros.

El juicio

A veces recurren,
como abogados del diablo,
mis pensamientos
a lo que siento por ti,
se plantan ante el juez,
que acaba siendo la razón perdida,
y emiten improperios
contra mi persona,
mi sentido de lo correcto
y la poca cordura que me queda.

Se decanta el proceso
hacia lo que parece
una condena sin fianzas,
llevada a la perpetuidad,
una celda oscura sin salida,
un sentimiento general de culpabilidad.

Levantóse el jurado,
decidido a mencionar
lo que temía desde el principio,
una manera cruel y sin piedad,
distrito sin razón y verdad,
un homicidio consumado con una puñalada más.

A veces, cuando esto pasa,
como salidos de la nada,
mis sentimientos
escapan a tropel por la ventana,
se intentan abalanzar sobre ti,
que acabas siendo cárcel dulce,
y se sienten liberados
de toda atadura o máscara,
mis mordazas para no quererte,
evitar amarte hasta que el mundo muera.

Acciones sin pensar

Son las acciones
que creemos premeditadas,
las que más calibramos,
las sencillas pero de largo asentadas;
que crean las más profundas,
las más hirientes,
las más duraderas e irreparables
heridas en el alma.

Nos creemos caballeros,
protegidos por el amor de nuestras damas,
tachamos al mundo de demente
mientras nos engañamos en otras camas,
más cercanas,
más simples,
menos verdaderas,
sirvientes de razones faltas de corazón.

Malditas todas esas acciones
y la mano tonta de sus cobardes,
odiosas las luces de noche
y todos los pensamientos por los que ardes,
tras ellas solo hay silencio,
lágrimas a oscuras,
interiores rotos,
hipotéticos escenario que conjeturas son.