lunes, 4 de diciembre de 2017

Incoherencias varias

Refugiémonos en las calles
abarrotadas de la nada,
llenas de silencio,
inundadas de la más absoluta soledad.
Corramos sin demasiada prisa
a donde se encuentran los desconocidos,
a la luz de las sombras,
al abrigo de la tosquedad de esta playa.

Hagamos que el tiempo se persone,
que no sepa su ritmo,
que pierda el compás de las manecillas,
que se atragante con las campanas de las doce.
Invoquemos a su más odioso enemigo,
invitemos a la noche en un descuido,
que se ofusque por descontado,
que arroje la lógica contra el salón.

Sentemos cátedra con esta idiotez,
que el poder se quede impotente al mirarnos,
que se impacienten las salas de espera,
que sea el sprint más lento del mundo.
Conferenciemos con ignorancia a los doctores,
miles de vademecum en busca de pandemias,
que curen esta enfermedad que no existe,
que me extirpen el trozo de alma que me queda.

Tachemos los festivos del calendario,
que sean todos los días de funeral,
que sean los laborables los días de batalla,
que los abrazos cuenten como puñaladas a traición.
Pongamos a enfriar los sentimientos,
y dejemos expresarse a las copas llenas de champán,
que se aireen las lágrimas de reserva,
que sea el vino nuestra tinta más letal.

Seamos aún más incoherentes,
que blanco y ocre sean lo mismo,
que no se distingan el día y la noche,
que sea el arcoiris de mil tonos de azul.
Tiremos toda cordura al límite espacial,
infinitesimal la distancia tangente a lo correcto,
que sean contables las estrellas,
imposibles de numerar los silencios promediados.

Volvámonos locos por ser cuerdos,
que la libertad sea una sentencia a muerte,
el patíbulo una cama de rosas,
las nubes las espinas más puntiagudas,
que se sumen los dividendos,
que la raíz de nosotros siga siendo dos,
que sea exponencial la manera de mirarnos,
que la ecuación nos junte de una vez el corazón.

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