Ir al contenido principal

Sesión II: El espíritu de la comida

Hoy voy a dedicar mi hora para las preocupaciones (la cual empieza ya a ser un castigo más que algo bueno) al pavor y pánico que me produce la coida y que se acrecenta con cada minuto que pasa. No puedo comer sin pensar en que tras el último bocado van a volver las nauseas y el mal cuerpo, el estrés que eso me provoca y la necesidad de llorar inmensa que me sobreviene después. Es tal el pánico que aún cuando como poco no puedo pensar en nada más, sólo en el después y en mi pánico a ello, en que me voy a caer gravemente enferma y volveré a una sala de urgencias a algún médico que no sabe lo que tengo, porque no entiende que quiero llorar (a ver si por suerte me vacio de todo lo malo que tengo y de repente vuelvo a ser yo).
Esa es la peor sensación de todas, que no me siento yo, no veo a esa persona alegre sino a alguien angustiado y triste que no sabe lo que necesita, pero necesita algo que calme el dolor en el pecho y la sensación de ahogarme en un vaso de agua. A la vez siento la necesidad imperante de no ser una carga para los demás estando mal, pero no puedo, no puedo controlarlo. Y me supera. Me supera no poder dominarme y atrasar infinitamente el dolor que no cesa.
Supongo que hoy no puedo mas, me supera la sensación de angustia y el mero hecho de pensar en ello me llena de rabia por no ser fuerte. Qué engañada estaba cuando creía serlo.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Cada uno de vosotros

Los primeros amores sangran
como todos aquellos de verano,
media vida en las afueras
y aquel que personificaba lo vano.
Un avión al paraíso
y las fugacidades de un beso,
nos impulsamos sin quererlo a lo inadecuado,
tras años de pasión, un preso.

El adiós en las distancias
y la rabia de quien pierde el juego,
en esta historia unos cuantos sinsabores
y todo lo prometido que quemaste luego.
La más absurda de las farsas,
impulsivas decisiones y un triste trago,
ilusiones de humo y versos
y la pena que inundó un estrago.

Todos mis amores de tinta,
entierros de papel sin decoro,
cada uno de los hombres de mi vida,
flores de barro,
copas de vino vacías,
amaneceres sin sol
y todas las lunas escondidas,
una por cada uno de vosotros.

El juicio

A veces recurren,
como abogados del diablo,
mis pensamientos
a lo que siento por ti,
se plantan ante el juez,
que acaba siendo la razón perdida,
y emiten improperios
contra mi persona,
mi sentido de lo correcto
y la poca cordura que me queda.

Se decanta el proceso
hacia lo que parece
una condena sin fianzas,
llevada a la perpetuidad,
una celda oscura sin salida,
un sentimiento general de culpabilidad.

Levantóse el jurado,
decidido a mencionar
lo que temía desde el principio,
una manera cruel y sin piedad,
distrito sin razón y verdad,
un homicidio consumado con una puñalada más.

A veces, cuando esto pasa,
como salidos de la nada,
mis sentimientos
escapan a tropel por la ventana,
se intentan abalanzar sobre ti,
que acabas siendo cárcel dulce,
y se sienten liberados
de toda atadura o máscara,
mis mordazas para no quererte,
evitar amarte hasta que el mundo muera.

Acciones sin pensar

Son las acciones
que creemos premeditadas,
las que más calibramos,
las sencillas pero de largo asentadas;
que crean las más profundas,
las más hirientes,
las más duraderas e irreparables
heridas en el alma.

Nos creemos caballeros,
protegidos por el amor de nuestras damas,
tachamos al mundo de demente
mientras nos engañamos en otras camas,
más cercanas,
más simples,
menos verdaderas,
sirvientes de razones faltas de corazón.

Malditas todas esas acciones
y la mano tonta de sus cobardes,
odiosas las luces de noche
y todos los pensamientos por los que ardes,
tras ellas solo hay silencio,
lágrimas a oscuras,
interiores rotos,
hipotéticos escenario que conjeturas son.