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Sesión VI: La tristeza de uno mismo

Hay días que se levantan torcidos, como hoy. Porque alguien piensa lo que no debe. Porque otro toma por ofensa algo que malinterpretamos. Porque otro más decide pasar de un tema. Y hoy es uno de esos días.

Parece que como algo más, aunque el dulce sigue siendo mi temor y por eso sólo lo pruebo y no con demasiado ánimo. El resto de la comida sigue siendo algo que no me interesa ni me apetece, pero que medio soporto a ratos y depende de qué cosas. También he creado un ritual absurdo que parece que en mi subconsciente me salva de ponerme enferma pero que sé que es tan absurdo como mi mismo miedo: media hora después de comer sentada y nada que requiera esfuerzo o dormir hasta dos horas después. A veces estoy agotada y necesito acostarme pero aguanto hasta las dos horas para que "no me pase nada". Y cuanto más lo hago más absurdo me parece y más necesito seguirlo a rajatabla. No ceno más tarde de las 10 por paranoia de que me pase algo. Miro cada cosa que me como con la probabilidad de que esté mal y me ponga enferma de nuevo. No soporto esa idea.

Pero si tengo que mencionar algo que me haga estar tan alerta como agotada es la pelea constante, la disputa absurda que se produce porque algo les molesta aunque sólo sea porque no han fumado, o porque quieran ofenderse porque me levanté más tarde de lo que había dicho que lo haría para hacer algo mio. Esa disputa y las malas caras, como jueces impertérritos y acusadores desde lo alto, me hacen entrar en esa pena que yo no controlo y que me lleva a la melancolía sin lágrimas, que es la peor de todas, porque se queda dentro del corazón y se acumula esperando a dar la estacada final. Esa pena me recorre, por no ver a quien no tengo que entretener por necesidad obvia, o por verme arrastrada a cosas que no concibo y que no quiero hacer pero que hago, porque el no sería una disputa de tamaño monumental.
Me he dado cuenta de que me da miedo decir que no, por si dejan de quererme o de apreciarme o me montan una nueva escena propia de la mejor telenovela de sobremesa. Sea lo que sea, cada vez que digo que no, una mezcla de extrañeza y odio cruza los ojos del que lo recibe, y éste, con ayuda de algún diablillo interior, urde mil y una historias del por qué de ese no como si fuera invención mía para dañarles, y no algo que atiende a motivos palpables.

Tengo la sensación de que se me va la vida en un callejón estrecho entre el miedo y la aceptación irritante de cosas que ni son ni quiero mías.

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Cada uno de vosotros

Los primeros amores sangran
como todos aquellos de verano,
media vida en las afueras
y aquel que personificaba lo vano.
Un avión al paraíso
y las fugacidades de un beso,
nos impulsamos sin quererlo a lo inadecuado,
tras años de pasión, un preso.

El adiós en las distancias
y la rabia de quien pierde el juego,
en esta historia unos cuantos sinsabores
y todo lo prometido que quemaste luego.
La más absurda de las farsas,
impulsivas decisiones y un triste trago,
ilusiones de humo y versos
y la pena que inundó un estrago.

Todos mis amores de tinta,
entierros de papel sin decoro,
cada uno de los hombres de mi vida,
flores de barro,
copas de vino vacías,
amaneceres sin sol
y todas las lunas escondidas,
una por cada uno de vosotros.

El juicio

A veces recurren,
como abogados del diablo,
mis pensamientos
a lo que siento por ti,
se plantan ante el juez,
que acaba siendo la razón perdida,
y emiten improperios
contra mi persona,
mi sentido de lo correcto
y la poca cordura que me queda.

Se decanta el proceso
hacia lo que parece
una condena sin fianzas,
llevada a la perpetuidad,
una celda oscura sin salida,
un sentimiento general de culpabilidad.

Levantóse el jurado,
decidido a mencionar
lo que temía desde el principio,
una manera cruel y sin piedad,
distrito sin razón y verdad,
un homicidio consumado con una puñalada más.

A veces, cuando esto pasa,
como salidos de la nada,
mis sentimientos
escapan a tropel por la ventana,
se intentan abalanzar sobre ti,
que acabas siendo cárcel dulce,
y se sienten liberados
de toda atadura o máscara,
mis mordazas para no quererte,
evitar amarte hasta que el mundo muera.

Acciones sin pensar

Son las acciones
que creemos premeditadas,
las que más calibramos,
las sencillas pero de largo asentadas;
que crean las más profundas,
las más hirientes,
las más duraderas e irreparables
heridas en el alma.

Nos creemos caballeros,
protegidos por el amor de nuestras damas,
tachamos al mundo de demente
mientras nos engañamos en otras camas,
más cercanas,
más simples,
menos verdaderas,
sirvientes de razones faltas de corazón.

Malditas todas esas acciones
y la mano tonta de sus cobardes,
odiosas las luces de noche
y todos los pensamientos por los que ardes,
tras ellas solo hay silencio,
lágrimas a oscuras,
interiores rotos,
hipotéticos escenario que conjeturas son.