lunes, 25 de agosto de 2014

Sesión VI: La tristeza de uno mismo

Hay días que se levantan torcidos, como hoy. Porque alguien piensa lo que no debe. Porque otro toma por ofensa algo que malinterpretamos. Porque otro más decide pasar de un tema. Y hoy es uno de esos días.

Parece que como algo más, aunque el dulce sigue siendo mi temor y por eso sólo lo pruebo y no con demasiado ánimo. El resto de la comida sigue siendo algo que no me interesa ni me apetece, pero que medio soporto a ratos y depende de qué cosas. También he creado un ritual absurdo que parece que en mi subconsciente me salva de ponerme enferma pero que sé que es tan absurdo como mi mismo miedo: media hora después de comer sentada y nada que requiera esfuerzo o dormir hasta dos horas después. A veces estoy agotada y necesito acostarme pero aguanto hasta las dos horas para que "no me pase nada". Y cuanto más lo hago más absurdo me parece y más necesito seguirlo a rajatabla. No ceno más tarde de las 10 por paranoia de que me pase algo. Miro cada cosa que me como con la probabilidad de que esté mal y me ponga enferma de nuevo. No soporto esa idea.

Pero si tengo que mencionar algo que me haga estar tan alerta como agotada es la pelea constante, la disputa absurda que se produce porque algo les molesta aunque sólo sea porque no han fumado, o porque quieran ofenderse porque me levanté más tarde de lo que había dicho que lo haría para hacer algo mio. Esa disputa y las malas caras, como jueces impertérritos y acusadores desde lo alto, me hacen entrar en esa pena que yo no controlo y que me lleva a la melancolía sin lágrimas, que es la peor de todas, porque se queda dentro del corazón y se acumula esperando a dar la estacada final. Esa pena me recorre, por no ver a quien no tengo que entretener por necesidad obvia, o por verme arrastrada a cosas que no concibo y que no quiero hacer pero que hago, porque el no sería una disputa de tamaño monumental.
Me he dado cuenta de que me da miedo decir que no, por si dejan de quererme o de apreciarme o me montan una nueva escena propia de la mejor telenovela de sobremesa. Sea lo que sea, cada vez que digo que no, una mezcla de extrañeza y odio cruza los ojos del que lo recibe, y éste, con ayuda de algún diablillo interior, urde mil y una historias del por qué de ese no como si fuera invención mía para dañarles, y no algo que atiende a motivos palpables.

Tengo la sensación de que se me va la vida en un callejón estrecho entre el miedo y la aceptación irritante de cosas que ni son ni quiero mías.

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