lunes, 6 de junio de 2016

Poema VIII. Sobre las prisas y las pausas

Son las prisas y las pausas
las que matan,
o tal vez avivan
la sensación de algo certero,
la visión de lo imposible.

Prisa, mujer pretenciosa,
abarca todo cuanto puede,
bebe de la impaciencia,
de las ganas de un beso,
de las decisiones sin pensar,
de los últimos alientos.
No entiende de ti y de mi,
ni de la situación que nos desborda,
ni de mis miedos,
ni de tu angustia.
No entiende el paso de las horas,
de lo correcto o lo verídico,
de tus ojos o mis llantos,
de mis huidas y tus tangentes.

Pausa, descuidada pero metódica,
freno descontrolado,
se alimenta de mi dolor,
de la necesidad de que corra la vida,
del ansia de que me lleve la muerte,
de los precipicios con los que coqueteo.
No va con ella la necesidad,
las ganas o la codicia,
los testigos o las sombras borrosas,
las palabras que no fluyen.
No va con ella mi lacayo,
sí mi verdugo fiel,
mi eterno enemigo,
mi acompañante de noches plomizas.

Prisa y pausa, amigas contrarias,
duelistas de mi espacio vital,
se juegan los trastos de mi vida,
se llevan a la batalla mi alma,
se disputan mi ansiedad.
Pausa y prisa, enlace de elocuencia,
reinas de mi desesperación continua,
se mofan de todo cuanto deseo,
no tienen piedad.

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