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Verdades a quemarropa

Dime a la cara
todo aquello que no te atrevías a escribirme,
que me roce los puntales del alma,
que me duela al derrumbarse
cada una de las creencias
que tú mismo contruíste.
Dímelo todo sin miramientos,
para que se caigan de una vez los velos,
que se destapen las mentiras,
que se enciendan todas las luces del cementerio,
cada una de las velas de este infierno,
ácidos baños en cales vivas.

Dime, con la poca vergüenza que tienes,
otra absurda estupidez que ni tú mismo te creas,
que jures bajo Dios sabe qué estrella,
que falsees miradas de amor
dejando claro otra vez
la más perfecta definición de la miel.
Dime, sé valiente, da la cara,
todo eso tan bien escondido emtre máscaras,
que entre como un huracán,
que se lleve lo que siento por tí,
me destroce los ideales
y me achicharre bajo el foco la piel.

Dime, aquí y ahora,
que esto es una alucinación,
que todo es apariencia,
una absurda enagenación,
creencias hipotéticas
en un alarde de autojustificación.
Dime, y date prisa,
porque esta es muestra última conversación,
un momento lapidario,
un gesto masoquista en busca de la razón,
un motivo más para afirmar
que, en realidad, no tienes corazón.

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Cada uno de vosotros

Los primeros amores sangran
como todos aquellos de verano,
media vida en las afueras
y aquel que personificaba lo vano.
Un avión al paraíso
y las fugacidades de un beso,
nos impulsamos sin quererlo a lo inadecuado,
tras años de pasión, un preso.

El adiós en las distancias
y la rabia de quien pierde el juego,
en esta historia unos cuantos sinsabores
y todo lo prometido que quemaste luego.
La más absurda de las farsas,
impulsivas decisiones y un triste trago,
ilusiones de humo y versos
y la pena que inundó un estrago.

Todos mis amores de tinta,
entierros de papel sin decoro,
cada uno de los hombres de mi vida,
flores de barro,
copas de vino vacías,
amaneceres sin sol
y todas las lunas escondidas,
una por cada uno de vosotros.

El juicio

A veces recurren,
como abogados del diablo,
mis pensamientos
a lo que siento por ti,
se plantan ante el juez,
que acaba siendo la razón perdida,
y emiten improperios
contra mi persona,
mi sentido de lo correcto
y la poca cordura que me queda.

Se decanta el proceso
hacia lo que parece
una condena sin fianzas,
llevada a la perpetuidad,
una celda oscura sin salida,
un sentimiento general de culpabilidad.

Levantóse el jurado,
decidido a mencionar
lo que temía desde el principio,
una manera cruel y sin piedad,
distrito sin razón y verdad,
un homicidio consumado con una puñalada más.

A veces, cuando esto pasa,
como salidos de la nada,
mis sentimientos
escapan a tropel por la ventana,
se intentan abalanzar sobre ti,
que acabas siendo cárcel dulce,
y se sienten liberados
de toda atadura o máscara,
mis mordazas para no quererte,
evitar amarte hasta que el mundo muera.

Acciones sin pensar

Son las acciones
que creemos premeditadas,
las que más calibramos,
las sencillas pero de largo asentadas;
que crean las más profundas,
las más hirientes,
las más duraderas e irreparables
heridas en el alma.

Nos creemos caballeros,
protegidos por el amor de nuestras damas,
tachamos al mundo de demente
mientras nos engañamos en otras camas,
más cercanas,
más simples,
menos verdaderas,
sirvientes de razones faltas de corazón.

Malditas todas esas acciones
y la mano tonta de sus cobardes,
odiosas las luces de noche
y todos los pensamientos por los que ardes,
tras ellas solo hay silencio,
lágrimas a oscuras,
interiores rotos,
hipotéticos escenario que conjeturas son.